Samuel Leibowitz: Un narcotraficante judío ultraortodoxo

Un narcotraficante muy particular, ya que sigue las enseñanzas de la Torá, se alimenta de comida kosher, se viste de negro, con kipá, y peluca rizada. El hombre que no abandonó su fe, mientras se hacía millonario ilícitamente.

Barbara Pernia
Created by Barbara Pernia
On Oct 8, 2018
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Samuel Leibowitz es un hombre nacido en Londres en los años 60, descendiente de una familia judía jasídica ortodoxa, cuya práctica religiosa era especialmente devota y su comportamiento armónico es basado en las leyes respectivas de la Torá (base y fundamento del judaísmo). Según las costumbres de su religión, tanto él como su familia, no acostumbraban a mezclarse con otras personas que no fueran judías también, a tal extremo, que Samuel solo asistía a la escuela de su iglesia y compartía solo con niños judíos.

A los 17 años, tal como es costumbre, los padres de Samuel decidieron que debía casarse. Realizaron un arreglo nupcial con una familia húngara de su religión;  para “sellar” el acuerdo, debieron viajar a Israel en donde Samuel conoce a su futura esposa, una niña. En contra de su voluntad, tuvo que contraer matrimonio. Él nunca estuvo de acuerdo con ese arreglo, y se sintió muy infeliz, a pesar de tener dos hijos. Pasados cuatro años, Samuel decidió que era momento de divorciarse. 

En la comunidad jasídica, una separación es inaceptable, muchos menos si se produce a tan corta edad (24 años), por lo que intentaron convencerle de no hacerlo, pero era un hombre decidido. Determinó que era momento de alejarse de su familia. Su exesposa se fue a los Estados Unidos con sus dos hijos, y no supo más de ellos. 

Samuel Leibowitz cuenta su propia historia para National Geographic. 

En 1992 decide irse a Bélgica, se unió a la comunidad judía ultraortodoxa de Amberes, un estado con una gran cantidad de seguidores de esta religión. Allí empezó una nueva vida, trabajando en una frutería y asistiendo a su iglesia regularmente. Allí conoció a Hezki, otro joven judío que se dedicaba a la venta de diamantes, y quien le ofreció a Leibowitz unas vacaciones soñadas en Brasil.

Según cuenta el mismo Samuel, para un documental de NatGeo sobre su biografía, él no hizo preguntas, no cuestionó, solo aceptó la oferta sin dudar creyendo que se trataba de una recompensa por su trabajo duro. Para este judío, no había nada malo escondido. Fue así cómo decidió emprender un viaje a Brasil por diez días, con todos los gastos pagados por su amigo. Lo único que le pidió Hezki en compensación, era traerle una encomienda que enviaría otro amigo desde allá, quien por supuesto también era judío.

En Brasil, Leibowitz fue recibido por el amigo de su amigo, quien lo acompañó en todo momento durante el viaje como una especie de guía turístico. Conoció todo lo que pudo de São Paulo durante los diez días de vacaciones. Y al volver, trajo el paquete de encomienda sin problema. Solo hasta el momento en el que Hezki abre el paquete y le dice a Leibowitz que era cocaína, fue cuando este cayó en cuenta de lo que había hecho. A pesar de ello, no sintió miedo, ni frustración, solo recibió los diez mil dólares de pago. 

Es poca la información que los judíos ortodoxos tienen sobre las drogas durante su formación, por lo que él no consideró esto como un crimen en ningún momento. 

Hezki le ofreció hacer nuevamente otro viaje, pero Leibowitz fue más astuto y accedió ir a cambio de ser parte del negocio. El trato consistía en traer desde Brasil, cuatro paquetes de cocaína, pero uno de ellos era para él mismo, de ese modo ganaría su propio dinero. Para el momento, Samuel no sabía que podía ir a la cárcel por ello. Hezki tuvo que ponerlo al día con respecto a “ese mundo de las drogas”.

Conociendo las consecuencias y habiendo ganado mucho dinero con su primer paquete vendido, Leibowitz continuó viajando por su cuenta a Brasil para obtener más. No tenía nada que perder según él, estaba solo y sin familia. Su última preocupación era ser atrapado. Sus armas más potentes eran su religión y apariencia, ya que en los aeropuertos, su aspecto de judío ortodoxo lo hacía parecer inofensivo, y era pobremente revisado.  

Se empezó a instruir más, desarrolló técnicas para mentir muy bien en los puestos de migración de los aeropuertos e inició una gran afición por Pablo Escobar. Lo veía como ídolo, y quería ser como él, para convertirse en el “barón de la droga judío”.

A mediados de los 90s, se mudó a Brasil, buscando enriquecerse más con la droga. Allí conoció al “padrino”, otro hombre religioso responsable del control de la red de narcos para la que había estado contrabandeando. Para ganarse su confianza, le encomendaron un trabajo, transportar dinero de São Paulo a otra ciudad, junto a la esposa del “padrino”. Ambos viajaron juntos, ella lo sedujo durante todo el camino, pero Samuel resistió. Esto le costó ganarse la confianza del “padrino”, ya que todo resultó ser una prueba. 

Leibowitz inició su propia red de narcotráfico. Innovando en los tipos de contrabando, logró pasar su “producto” por muchas fronteras. 

Siendo socio del “padrino” logró hacerse de ganancia más de cuatro millones de dólares en poco tiempo. Solo hasta que empezaron a interferir en los negocios de otros narcos en Brasil, todo iría bien.

De un día para otro, resultó que sus enemigos le robaron grandes cantidades de la droga y le declararon la guerra en el “mercado”. El conflicto pasó a mayores, y le colocaron una bomba en su vehículo... Para su suerte, lo había prestado a un amigo y fue este quien murió en el atentado, por lo que Samuel consideró el incidente como una señal de Dios. 

Justo cuando decidió retirarse voluntariamente del negocio, los federales de Brasil irrumpieron en su apartamento, llevándolo preso bajo los cargos de “posesión de armas y drogas”. No se le consideró como un narcotraficante, ya que no había pruebas para ello, condenándolo a solo cuatro años en la prisión de Carandiru en São Paulo. 

En una de las peores cárceles del mundo, se encontró con cosas con las que jamás hubiera imaginado convivir como: cultos satánicos, asesinos, violadores, drogadictos, caníbales y toda clase de maldad.

Un día en el patio de la cárcel, un hombre decidió iniciar una pelea con él. Lo que el hombre no sabía es que Samuel en su niñez había recibido lecciones de aikido (arte marcial japonesa), por lo que supo defenderse. Al contrario a lo que Samuel quería, el hombre terminó clavándose el cuchillo él mismo (obviamente impulsado por Samuel). Fue la primera vez que Leibowitz sintió una profunda culpa en su alma. Rezaba todos los días para redimirse. 

A los dos años de prisión, Samuel fue puesto en libertad por su buena conducta. Él mismo se sorprendió al haber salido ileso de todo aquello, y sintiéndose orgulloso, retomó nuevamente los caminos del narcotráfico sintiéndose más implacable y haciéndose millonario. Lo cierto es que esta sensación duró muy poco, y en 1999 volvió a la cárcel… esta vez en Israel.

Con una condena de 9 años por el delito de contrabando, Samuel estuvo recluido en la prisión de Ayalon. Allí conoció a un drogadicto que marginado por el resto de los reclusos, Sam decidió ofrecerle su celda para compartir, se hizo muy amigo de él. 

Leibowitz realizaba tareas dentro de la cárcel, como trabajos de limpieza en las áreas comunes y en la cocina, y estaba inculcándole este modo de vida a su nuevo amigo para tratar de alejarlo de las drogas. Sin embargo, un día al regresar del trabajo, el recluso drogadicto yacía en la celda muerto, por una sobredosis. Fue una de las pocas veces en la que el judío lloró y se sintió completamente miserable al darse cuenta las consecuencias que traían las drogas que él vendía. 

Hasta esos días, Samuel dice que no haber tenido contacto con sus “clientes finales”  —los drogadictos —. 

Siete años después, tras su liberación y la decisión irreversible de abandonar el crimen del narcotráfico, Samuel Leibowitz decide mudarse a Londres, su lugar de origen y emprende una nueva vida dedicada al servicio, llevando a cabo programas de desintoxicación de menores.

Actualmente, sigue trabajando en estos programas para jóvenes, tal vez como una manera de trabajar su arrepentimiento; además, tuvo contacto con sus dos hijos y su exesposa, en un esfuerzo por mejorar su relación. Trata de reconstruir su vida a partir de su formación religiosa y de lo que ha recorrido en su vida. 

Por Bárbara Pernía | @barbcueto | Culturizando

Con información de: Revista Cannabis | National Geographic | Documania